Este artrópodo de nombre tan peculiar es uno de los más comunes de la Península Ibérica y quiero presentároslo a los que no sepáis de su existencia porque para mí es uno de los bichejos más interesantes que pululan por nuestras tierras y que lamentablemente pertenece a la cada vez más amplia gama de especies amenazadas.

No quiero caer en la mera descripción sistemática del ciervo volante porque pienso que es relativamente fácil de encontrar en la literatura y no quiero saturar con datos al lector, por lo que me gustaría centrarme en pequeñas curiosidades que podemos encontrar a lo largo de la historia científica y cultural.

Los ciervos volantes son especies de escarabajos descritos por Plinio bajo el nombre de Lucanus. Pertenecen a la Superfamilia Lucanoidea, la cual cuenta con más de 1000 especies repartidas por los cinco continentes. De las 17 especies europeas, 9 se encuentran presentes en la Península Ibérica. Se considera el escarabajo de mayor tamaño de Europa.
Su dimorfismo sexual es bastante notable, el tamaño del macho es muy superior al de la hembra, con grandes cuernos ramificados, lo que da lugar al nombre vulgar por el que se lo conoce: Ciervo Volante.

Los griegos ya conocían este artrópodo, lo llamaban Xulophagos bous, “el buey come-madera”. Un escritor de la Antigüedad tardía llamado Antoninus Liberalis escribió que los niños lo tenían por un juguete, cortándole la cabeza y llevándosela, ya que con sus cuernos parecía una lira de concha de tortuga.
Parece que las mandíbulas arqueadas del Lucanus cervus y los brazos de la lira griega tienen bastantes semejanzas (foto inferior).

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A la izquierda una lira griega y a la derecha el ciervo volante.

Ferrante Imperato, un farmacéutico italiano del siglo XVI, publicaba en 1599 su serie de Historia Naturale, en la que mencionaba al ciervo volante. “Estas especies de insectos córneos se observan en Lombardía, provincia de Italia, y son apreciados por sus grandes virutdes contra el dolor y los tirones de nervios en las piernas, mal que nosotros llamamos rampa y que acontece de vez en cuando. Se llevan, por tanto, como amuletos engarzados en oro o plata. Las hembras aunque son proporcionalmente menores, son igualmente apreciadas como remedio”. He seleccionado la lámina en la que aparecen los dibujos de ciervos volantes en la obra de Imperato:

Lámina de Historia Naturale, de Imperato.
Lámina de Historia Naturale, de Imperato (Fuente: Insectos y Arañas en la Historia Naturale de Ferrante Imperato, impresa en Nápoles en 1599)

Desde que el mundo es mundo todo animal o planta sobre la faz de la Tierra puede ser comido, otra cosa es que culturalmente estemos educados para comer de todo. Los insectos no suelen encontrarse entre el menú diario del mundo occidental, pero sí podemos verlo en algunos países más acostumbrado a estos manjares. Pero no siempre fue así. Plinio ya nos lo dejó escrito, “los gourmets romanos tenían la costumbre de engordar para la mesa las larvas de “cossus“, dándoles de comer harina y vino. Aunque no está muy clara la identidad de dichas larvas, se piensa que probablemente era la larva del ciervo volante”. Es decir, que en la antigua Roma ya se comían insectos, y muy posiblemente a los Lucánidos.
Eso sí, si alguien se está pensando probarlos que tenga en cuenta que ahora mismo Lucanus cervus está protegido por la Ley, así que ojo con salir de caza por el campo para tenerlos en casa o comérselos. Referente a esto, a su caza, hasta hace unos años yo desconocía que hay un mercado negro de compra-venta de insectos protegidos (personalmente me quedé muy perpleja cuando supe que por estos ejemplares se llega a pagar cerca de 100 euros), e insto a todo el mundo a que denuncie cualquier atisbo de ilegalidad en las redes en lo referente a este tema.

Espero que estas pequeñas curiosidades culturales, más que propiamente científicas, os hayan resultado interesantes. Si sois un poco campestres en veranos es fácil ver Ciervos Volantes en la Sierra de Guadarrama, lamentablemente muchas veces podemos encontrarlos ya muertos en los arcenes de carreteras forestales. Siempre que haya un robledal, habrá Lucánidos.

Referencias de interés:
– Holt, V.M. (1997). ¿Por qué no comer insectos?. Bol. S.E.A., 20: 249-257.
– Moret, P. (1997). Los insectos en la mitología y la literatura de la Grecia antigua. Bol. S.E.A., 20: 331-335.
– Proyecto Ciervo Volante (1996). Biología del Ciervo Volante: de lo poco conocido y lo mucho por conocer. Bol. S.E.A, 15: 19-23.
-Bellés, X. (1999). Insectos y arañas en la Historia Naturale de Ferrante Imperato, impresa en Nápoles en 1599. Arbor CLXIII, 643-644: 425-435 pp.

 

Esta entrada participa en la XXX Edición del Carnaval de Biología que acoge el blog Activa Tu Neurona

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